Pues sí, 5 meses después, tras una época completa de exámenes y una Semana Santa de por medio; me vuelvo a asomar a estas páginas, donde espero volcar reflexiones, guasa, cine, viajes y cuanto se me ocurra. Espero que a quien me lea, le guste lo que encuentre aquí. De momento, y para celebrar mi vuelta, una bonita historia que puede que conozcáis ya, pero que a mí me ha hecho pensar un poco. Más que historia, es una fábula sobre el modo de ver el mundo, las cosas y el día a día, con un leve toque de esperanza, que no viene mal es estos días.
Érase una vez en Nueva York, a finales de marzo, un hombre ciego arrastraba un carrito con una caja de madera por las calles. Le acompañaba un perro que le hacía de lazarillo, mientras su amo iba de esquina en esquina, sentándose en el suelo y colocando un cartón con una frase que rezaba "Una limosna para un ciego". Llevaba tiempo buscándose la vida de esa manera, sin esperar nada del futuro ni del presente. Día tras día, multitud de gente de toda clase, raza y condición pasaban ante el ciego, y muy pocos soltaban algún céntimo o algún dólar. Cada día, la esquina era distinta. La Quinta Avenida, Central Park, el Lower East Side... Aquel día tocaba una esquina cercana a Wall Street, y miles de empresarios, brokers y tiburones de las finanzas, luciendo trajes, corbatas, gafas oscuras y maletines de cuero; pasaban delante de nuestron hombre a toda prisa, sin hacer demasiado caso, y mucho menos sin soltar algún buck (pavo) al homeless. Tampoco él lo esperaba. En esa mañana, el ciego oyó unos pasos detenerse justo delante de él. Por el olor y los sonidos, parecía cualquier viandante de aquellas latitudes (zapatos lustrosos, móvil en ristre, cartera repleta de tarjetas de crédito). Alguien, en fin, que le daba la vuelta al cartón, y escribía algo. Iba a protestar, pero como oyó unas monedas caer en la caja, lo dejó estar. Al final del día, el milagro: la caja estaba llena de monedas y algún que otro billete semienterrado. El ciego no podía creerlo y palpaba las monedas para asegurarse que eran eso, monedas. Feliz, cogió su carrito, echó a andar y la ciudad se lo tragó. A su espalda se colgó el cartón, que ahora rezaba: "Hoy ha comenzado la primavera, pero no voy a poder verlo".
No hay comentarios:
Publicar un comentario